Oliver Sacks, el peregrino del cerebro.

Oliver Sacks

Oliver Sacks nació en Londres el 9 de julio de 1933. El menor de cuatro hijos de una familia judía ortodoxa, desarrolló a temprana edad el amor por la cultura, el conocimiento y la medicina, moldeado por sus padres Samuel Sacks y Muriel Elsie Landau. El primero era médico de familia y nunca realizó su sueño de ser neurólogo, mientras que la segunda se convirtió en una de las primeras mujeres cirujanas de Inglaterra y más tarde se especializó en ginecología y obstetricia. Se cuenta que diseccionaba fetos malformados en su casa para explicar a su hijo el funcionamiento del cerebro.

El pequeño Oliver vivió en las afueras de Londres, en un internado de las Midlands, con su hermano Michael, durante la Segunda Guerra Mundial, fue consciente de los constantes bombardeos nazis, conocidos como Blitz, que redujeron gran parte de la ciudad a escombros. Fue evacuado cuando sólo tenía seis años. “Subsistíamos con escasas raciones de nabos y remolacha y sufríamos crueles castigos de un director sádico”, reveló a la revista Moment. La experiencia fue tan traumática que Michael sufre desde entonces episodios psicóticos.

Oliver Sacks

De niño, se deleitaba con el Shma (textos del Deuteronomio, el libro bíblico del Antiguo Testamento), encendiendo las velas del Shabat con su madre, y con los rituales del Seder de la Pascua judía y, sobre todo, de Sucot, cuando su familia construía una sucá en el jardín.

Sin embargo, durante su adolescencia, Sacks se fue alejando gradualmente de la tradición religiosa hasta separarse completamente de ella a los 21 años, cuando su padre le obligó a confesar su homosexualidad. “Eres una abominación. Ojalá no hubieras nacido”, le dijo su madre a la mañana siguiente, palabras que, según admitió, “me convencieron de la capacidad de crueldad e intolerancia de la religión”.

Su aventura americana comenzó en el Hospital Mount Zion de San Francisco, donde completó su residencia en neurología y luego trabajó en la Universidad de California en Los Ángeles. En su autobiografía, “On the move: a life“, relata cómo durante sus años californianos se dedicó al culturismo en la playa, experimentó libremente con anfetaminas y viajó con los Hell’s Angels, un legendario grupo de moteros que se distinguía por su hermandad, su espíritu libre y su discurso polémico, pero que también estaba asociado a la delincuencia violenta y al tráfico de drogas y otras actividades ilegales. A veces participaba en carreras clandestinas en las montañas, atando a sus pacientes paralíticos a la espalda.

Ando Rodando

Oliver Sacks
Wolf el Beatnik

En esa época se le conocía como Wolf (su segundo nombre) o por su apodo “Dr. Squat“, porque estableció un récord de California en levantamiento de pesas con 136 kilos sobre los hombros.

Pasó por una fase autodestructiva, pero consiguió salir del túnel. “Un día me miré en el espejo. Tenía los pómulos hundidos, se me veía el cráneo, y me dije: ‘Ollie, si sigues así, no estarás aquí ni un año’.

Estas eran algunas de las excentricidades de un hombre que se describía a sí mismo como tímido. También incluían 35 años de celibato, una obsesión desenfrenada por la natación, un interés desmedido por las medusas y los helechos, y una dieta basada durante décadas en cereales y sardinas enlatadas. “La vida de un neurólogo no es sistemática, como la de un científico, sino que le ofrece situaciones novedosas e imprevistas que pueden convertirse en ventanas, agujeros por los que asomarse a la complejidad de la naturaleza”, escribió una vez en The New Yorker.

Estudió medicina en Oxford, donde previamente se había licenciado en fisiología y biología. En Nueva York, pasó más de 45 años en la Facultad de Medicina Albert Einstein, perteneciente a la Universidad Yeshiva, que contaba con el Hospital Beth Abraham (ahora Beth Abraham Health Services, parte del CenterLight Health System) entre sus centros clínicos. A lo largo de los años, brilló no sólo por sus habilidades profesionales, sino también por su gran talento para traducir sus experiencias clínicas en textos memorables para la comunidad médica.

De los Hell´s a Chopin

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Oliver Sacks regresó a Londres tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Al igual que su hermano Michael, quedó marcado psicológicamente por el conflicto, pero pudo curar sus “heridas”. La química y la tabla periódica de los elementos le ayudaron a centrarse en otras cosas, a pensar en términos de orden y estructura, lo que le facilitó olvidar el trauma, o al menos vivir con la carga emocional.

La investigación, sin embargo, no entraba en sus planes. Era demasiado apasionado y empático, pero también un poco torpe, cualidades que le alejaban del delicado trabajo de laboratorio. “Por supuesto, me hice neurólogo, no cardiólogo, porque no hay nada en la cardiología que pueda interesar a una persona inteligente. Creo que el corazón es una bomba interesante, pero sólo es una bomba. La neurología es la única área de la medicina que interesa a un pensador”, dijo.

Otra gran pasión de Sacks era la música. También consideraba la música como un importante aliado en su labor terapéutica. Entre 1992 y 2007, el controvertido médico fue profesor de neurología en la Universidad de Nueva York, de donde pasó a la Universidad de Columbia. En el campus de Morningside Heights de Columbia, fue nombrado el primer “Artista de la Universidad de Columbia” en reconocimiento a su contribución al vínculo entre el arte y la ciencia.

En 2012, regresó a la Universidad de Nueva York como profesor de neurología y asesor del Centro de Epilepsia. Su experiencia en el Hospital Beth Abraham sentó las bases del Instituto de Música y Función Neurológica del hospital, donde no sólo es asesor médico honorario, sino que también ha recibido en dos ocasiones el premio Music Has Power. El segundo honor se le concedió en 2006 para conmemorar sus 40 años en el Beth Abraham y en reconocimiento a sus destacadas contribuciones al avance de la musicoterapia y los efectos de la música en el cerebro y la mente humanos.

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“Cuando llegué al Beth Abraham en 1966, ya había un musicoterapeuta y una clara comprensión de cómo la música puede mejorar a algunos pacientes neurológicos. Escribí sobre esto en Awakenings, y cuando un cineasta vino a hacer un documental sobre nuestros pacientes en 1973, su primera pregunta fue: “¿Dónde está el musicoterapeuta?”. Parecía ser la persona más importante aquí”, recuerda Sacks.

En 1991, el médico testificó ante el Comité Selecto del Senado de Estados Unidos sobre las propiedades de la música en el tratamiento de los trastornos neurológicos. En su presentación, habló de Rosalie, una paciente de Parkinson que estaba ingresada en el Hospital Beth Abraham y que estaba completamente inmóvil la mayor parte del tiempo, “un poco atontada”, como la describió, con casi siempre un dedo en las gafas. “Pero puede tocar el piano muy bien y durante horas, y cuando toca, el Parkinson desaparece por un momento y todo en ella es fluido y libre y normal. Los miembros estaban fascinados. “La música la libera, y no sólo la música, sino la idea de la música. Rosalie se sabe a Chopin de memoria y basta con que diga Opus 49 para que todo su cuerpo, su postura y su expresión cambien”, dijo.

Inmediatamente después, el neurólogo dijo a la audiencia que los electroencefalogramas que normalmente indican inmovilidad comatosa reflejaban una actividad motora perfectamente normal durante la experiencia musical de Rosalie, incluso cuando estaba jugando en su imaginación. Para Sacks, “el poder integrador y curativo de la música es fundamental. Es la medicina no química más profunda”.

Para que el Paciente no Padezca

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Más allá de las múltiples distinciones y reconocimientos que recibió en su carrera, si hay algo que caracterizó la vida profesional del doctor Sacks fue su incansable intento por comprender a sus pacientes y descifrar cómo los enfermos neurológicos percibían el mundo.

Con una enorme empatía, siempre se puso en el lugar de ellos, observando, analizando, buscando evidencias y abriendo su mente. Luego no dudó en divulgar sus conclusiones en una serie de libros que lo hicieron famoso en el mundo entero. En sus últimos textos, describió con su particular riqueza narrativa su propia experiencia con la enfermedad, fragilidad y decadencia física.

Durante una entrevista televisiva, en 1989, le preguntaron cómo quería ser recordado dentro de 100 años y él respondió: “me gustaría que piensen que escuché con cuidado lo que los pacientes y otras personas me dijeron, que intenté imaginar cómo eran las cosas para ellos, y que traté de contarlo. Por usar un término bíblico, que he dado testimonio”. Y así lo hizo, hasta el momento de su muerte.

De su experiencia en los libros

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Sus vivencias clínicas y personales quedaron plasmadas en libros como “Un antropólogo en Marte”, “Migraña”, “Con una sola pierna”, “La isla de los ciegos al color”, “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, “El tío Tungsteno”, “Veo una voz”, “Diario de Oaxaca”, “Arreglando mi mirada”, “Despertares” y “Alucinaciones”

Sólo a modo de reseña, en “Con una sola pierna” exploró las consecuencias de una grave lesión muscular sufrida al hacer montañismo; en “Arreglando mi mirada” abordó las consecuencias de su enfermedad visual; mientras que en “Alucinaciones” profundizó en una época marcada por su consumo de drogas. En “El tío Tungsteno”, en tanto, contó sobre su infancia y cómo su pasión por la química le ayudó a sobrellevarla. Ya sabemos lo que pasó con “Despertares”.

Con “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” se consagró como uno de los grandes escritores clínicos del siglo XX, al narrar con pasión y envolvente talento literario la historia de pacientes sumidos en profundas patologías neurológicas, sin percepción alguna de la realidad, pero con increíbles dones artísticos y científicos.

Es una obra que describe el sufrimiento y lucha del ser humano que se convirtió en un clásico, tal como “Un antropólogo en Marte, siete relatos paradójicos”, donde conjugó la esencia de la identidad y los mecanismos del conocimiento, detallando aspectos propios de la existencia humana que serían imposible reconocer sin la enfermedad.

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Algunos neurólogos criticaron su método de análisis como poco científico y lo acusaron de excesivo protagonismo personal, mientras que defensores de los pacientes psiquiátricos consideraron que abusaba de los enfermos al contar sus historias. Fue llamado, irónicamente, “el hombre que confundió a sus pacientes con una carrera literaria” por Tom Shakespeare, académico británico y activista por los derechos de los discapacitados.

Otros calificaron su trabajo como “un espectáculo de fenómenos para intelectuales”.

Oliver, en tanto, solía decir que entendía bien a sus pacientes porque estaba igual de loco que ellos y que todos los casos expuestos descubrían un lado positivo del hombre que surgía en la enfermedad, lo que ayudaba a distinguir lo realmente valioso de la vida.

Con estas palabras, Oliver Sacks anunció el miércoles 18 de febrero de 2015, en The New York Times, que definitivamente había perdido la batalla contra el cáncer y que le quedaban pocos meses:

 “Me encuentro intensamente vivo y quiero y espero que el tiempo que me quede por vivir me permita profundizar mis amistades, despedirme de aquellos a los que quiero, escribir más, viajar si tengo la fuerza suficiente, alcanzar nuevos niveles de conocimiento y comprensión. No puedo decir que no tenga miedo, pero mi sentimiento predominante es el de la gratitud. Por encima de todo, he sido un ser con sentidos, un animal pensante, en este maravilloso planeta y esto, en sí, ha sido un enorme privilegio y una aventura”

Oliver Sacks muere a los 82 años en su apartamento en Manhattan un 30 de agosto de 2015.

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Fuente Salvanet.cl

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